¿Qué comiste ayer?, ¿frijoles?, ¿manzanas?, ¿mangos?, ¿chícharos?, ¿maíz? No, lo que comiste ayer fueron los recursos de la tierra y el trabajo de una persona y ¿sabes quién es esa persona?, ¿la reconoces?, ¿sabes cómo vive?, ¿sabes cómo es el lugar en donde sembró tus alimentos? No sé si ya te habías detenido a pensar en esta persona, pero creo que ella piensa mucho en ti, piensa si vas a comprar su cosecha, si vas a pagarle un precio justo, si vas a apoyarla para proteger la fecundidad de sus tierras (LA tierra)… o si no lo harás.

Nos han dicho que somos lo que comemos, pero yo creo que debemos comer lo que somos y si somos personas responsables, respetuosas, éticas… ¡vamos, buenas personas!, ¿no deberíamos entonces comer comida responsable, respetuosa, ética y buena?, comida que sea buena con nuestro cuerpo, con las personas que la cultivan y con la tierra misma.

Así que te voy a preguntar de nuevo, ¿qué comiste ayer?, ¿comiste lo que eres?, ¿o te estás convirtiendo en lo que comes?

Probablemente tu plato no está representándote del todo, quizá ni siquiera habías pensado en ello y la verdad es que no estás solo: la mayoría de mexicanos no es consciente de lo que come, mucho menos de lo que hay detrás de cada alimento. En parte, esto se debe a que en nuestro país no existe un etiquetado regulado para los alimentos transgénicos, es decir aquellos que NO son buenos ni para nuestro cuerpo, ni para los agricultores, ni para el planeta.

Los alimentos transgénicos son aquellos cuyo material genético ha sufrido alguna intervención humana para modificarlo y lograr así una producción más abundante y más barata. Por desgracia, esto se consigue insertando genes de virus o bacterias en el organismo base ─digamos, un tomate─ para lograr que sea resistente a herbicidas o que presente propiedades insecticidas.

Los efectos de estos organismos sobre la salud humana aún se desconocen parcialmente, pero de momento se habla de una generación de nuevas toxinas, alergias y posibles  problemas de fertilidad; mientras que los efectos en el ambiente y las comunidades agrícolas son un tanto más claros. En primer lugar, es evidente que nada que promueva el uso de herbicidas y pesticidas puede ser bueno para la tierra, pues los resultados son terribles para múltiples especies y ecosistemas.

La situación empeora cuando las variedades nativas de alguna planta se contaminan con el polen de un transgénico, lo que pone en peligro la supervivencia de la variedad nativa y de los agricultores a su cargo: los organismos transgénicos, al ser especies creadas por el hombre, se tratan como cualquier producto y se patentan, de esta manera, si un cultivo local se contamina con material transgénico, su productor enfrentará costosas demandas que rayan lo absurdo por la injusticia de los veredictos.

A medida que los transgénicos se apoderan del territorio, las especias de alimentos endémicos desaparecen y los agricultores pierden el derecho de producirlos. Tristemente, la incidencia de estos en México ha aumentado en los últimos años, así lo ilustra este mapa compartido en el portal Sin embargo.

La ley ampara estas prácticas y las ha promovido en nuestro país durante años a través de la llamada Ley Monsanto; pero aún hay algo que podemos hacer al respecto, algo tan poderoso que podría modificar esta ley: consumir. Pero consumir bien, dejar que nuestros platos hablen, que diga quiénes somos y qué queremos para nosotros mismos, para los trabajadores de la tierra y para el planeta, ¿cómo? ¡consumiendo orgánico y de comercio justo!

Si no tienes a tu disposición opciones orgánicas certificadas, puedes consultar esta guía de transgénicos y consumo responsable de la organización mexicana Vía orgánica, la cual incluye algunos productos y marcas específicos a evitar por su naturaleza transgénica.

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